Más amor, menos dietas.

Desde niña siempre he sido selectiva con mi ropa. Mi mamá tenía que evitar que sus amigas me regalaran ropa pues ella sabía que no iba a usar algo que no me gustara. Se puede decir que he tenido un sentido de la estética fuerte desde que nací. Creciendo, experimenté con muchísimos estilos de vestir. Mi adolescencia, como la de todos, llegó plagada de cambios. El más fundamental de ellos fue mi peso. Aumente varios kilos, debido al estrés y una pésima relación de consolación con la comida. Me era difícil encontrar ropa que me gustara y me quedara bien. Así que estuve obligada a usar lo que encontrara.

A esta época le debo mi amor por la moda y su capacidad de transformación. Mi abuela me enseñó a coser y fue entonces cuando decidí alterar las prendas que tenía para que me gustaran. Dieta tras dieta, bajaba y subía de peso, nunca siendo feliz conmigo. Seguía sin comprar la ropa que me gustaba o estaba de moda, pues esta era la época donde los jeans descaderados y las ombligueras reinaban, dónde Paris Hilton y Kate Moss eran los íconos que uno tenía que imitar y la estética Heroin Chic era la única aceptada en las publicidades. Obviamente nada de esto me funcionaba y con desespero trataba de encajar. Entender que la industria para la cual quería trabajar no tenía un lugar para mi fue muy difícil, pero estaba determinada a encontrarlo.

Veía religiosamente todos los documentales de moda que podía encontrar, compraba todas las revistas e investigaba todo lo que me era posible. Empecé a buscar carreras para estudiar mientra me mataba de hambre, y celebraba cada vez que cabía en un jean una talla menos. No había nada que me causara más satisfacción que alguien me dijera que estaba flaca. Pero mi cuerpo parecía no cooperar, pues en el momento que dejaba de comer perfectamente y me daba una pequeña libertad de comer lo que quería, subía de peso. Estudié dos años Arte, y luego pasé a estudiar diseño y mercadeo de moda. Desde la universidad me vi enfrentada a trabajar con modelos,  cosa que sigue siendo muy difícil. Culpaba a la genética, culpaba a mis malos hábitos alimenticios (que en realidad no eran tan malos) e incluso pensaba que tenía algún desorden hormonal, pues no sabía que más hacer para ser delgada.

Una vez salí de la universidad empecé a trabajar en lo que amaba. Vinieron muchos retos y me enfrenté a la realidad del mundo laboral. Me acogió una gran Fashion stylist a la cual le debo todo lo que sé, y empecé a formar mi carrera y mi criterio. Cada día era más difícil mi batalla contra mi cuerpo, pero ¿cómo podía parar si la única manera que la industria me iba a tomar en serio era cuando al fin fuera flaca? Dejé de divertirme con la ropa. Sólo usaba negro, pues decían que me hacía ver delgada y trataba de ser lo más invisible que me fuera posible. No me permitía experimentar con tendencias nuevas pues pensaba que solo estaban pensadas para mujeres flacas y no quería verme ridícula. Yo, alta y gorda, estaba trabajando en una industria que solamente aceptaba alta y flaca. Buscaba con ansias a alguien que luciera como yo y fuera exitosa. Buscaba influencers de mi talla y empecé a seguir a algunas mujeres plus-size en redes sociales. Y ahí, en el mundo banal de instagram encontré mi solución y mi fuerza.

Después de años de luchar contra mi misma, mi esposo me tomó una foto en vestido de baño. Me gustaba el paisaje y el  recuerdo que esta foto representaba  Me armé de valor y la publiqué en Instagram. Casi la bajo por que me veía gorda. Y para mi sorpresa, no pasó absolutamente nada. Nadie comentó que me veía fatal, que estaba gorda, nada. Fue increíblemente difícil, pero se sintió liberador. De esas vacaciones hay más fotos mías en vestido de baño. Y a esas le siguieron muchas más. Ahora las publico cada vez que puedo y lo agradezco inmensamente. Me di cuenta que si había un lugar en la industria para alguien con mi cuerpo, y era yo. Al fin y al cabo estaba trabajando como fashion stylist y podía pagar mis cuentas gracias a esto.

Claro que no ha sido fácil. No es que después de darme cuenta que era mucho más fácil y más amable querer a mi cuerpo se solucionaron todos mis problemas, boté las dietas y la comida libre de azúcar por la ventana y me dediqué comer lo que se me antojara y ya.

No.

Ha sido un camino lleno de altibajos, en el cual todavía pienso lo feliz que sería flaca, o como me gustaría usar cierta tendencia pero no puedo hacerlo por mi cuerpo. Todavía cuando salgo a correr me restrinjo de comer ciertas cosas para no “desperdiciar” el ejercicio. Incluso cuando alguien me dice que estoy más delgada, siento esa horrible satisfacción. Y tal vez esto es algo que nunca va a dejar de pasar. Sólo espero que pase cada vez menos. Entendí que para tener el cuerpo delgado que tanto quería tenía que alterar mi estructura ósea. Nunca podría llegar a verme como aspiraba, así estuviera en los huesos. Probablemente mi estómago nunca será plano, ni mis piernas delgadas ni tonificadas. Y eso está bien. Es mi cuerpo, y sólo yo tengo la libertad de decidir sobre él.

El 2018 se está acabando. Y por primera vez, creo que en toda mi vida, no voy a tener de resolución de año nuevo perder peso. Al contrario, planeo hacer del 2019 el primer año sin miedos hacia mi cuerpo. Aceptarlo, quererlo y cuidarlo como el universo lleno de cambios que es. No va a ser un año fácil, pues me voy a mudar a otro continente. Pero se que si puedo sanar mi relación conmigo voy a hacer de mi cuerpo mi hogar, sin importar la parte del mundo en donde esté.

¡Compartan sus metas del 2019 conmigo! los espero en Instagram & Facebook

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